
Estaba encerrado. No había otra forma de llegar. Los trenes no coincidían, los autobuses no llegaban, los aviones me dejaban aún más lejos. Debía ir en coche. Muchas horas. “Si conduce, no lea”, era un obvio eslogan. Iba a tardar horas y no podía estar parando a cada rato.
Iba a estar encerrado, solo, en pleno día. Nunca me gustó conducir, ni cuando manejé una ambulancia en otra vida, ni cuando me compré un escarabajo del 69 para llegar al Cerro en un rato en lugar de la hora y media que tardaba el 76.
Prefería ir leyendo, pero en aquellos momentos tuve un plan que decidí aplicar.
Junté varios discos sin mirar cuales, muchos, intercalados y sin ver las tapas. Los puse todos en el asiento del acompañante.
Mucha gente no cree en el azar, ni en las casualidades (recordé la novela de Paul Auster, “La música del azar”).
Iba a aprovechar el viaje de trabajo para hacer un experimento vital. Sin trampas, sin miraditas de reojo.
Dicen que todos tenemos una banda de sonido en nuestras vidas, canciones que por lo que sea, sonaron en momentos claves y que se asocian para siempre, recuerdos, hechos, notas que desencadenan sensaciones pasadas, y proyectan futuras.
El juego consistía en ir pasando los kilómetros, recordando y, sin mirar, poner un disco, hacer saltar una canción.
La idea me resultó excitante supongo que por eso el primer disco que “elegí” fue el de Artic Monkeys, hace mucho que el rock necesitaba ser tocado así, con magia, frescura, atrevimiento, hacía suponer un viaje nuevo, mostraba que aún había cosas por descubrir, era justamente eso, excitante.
Pensé que iba a costar centrarme, si no ordenaba los pensamientos iba a ser muy difícil llevar adelante aquel extraño experimento, cantó David Bowie, “Ziggy Stardust”, supongo que significaba lo raro, dejarse llevar por un personaje, buscar algo nuevo. Si para algo sirve el tiempo es para dar algún relativo orden, por eso intenté buscar recuerdos de cuando era niño. Duran Duran, cantó “Hungry like de wolf”, era cierto, en esa época estaba ansioso por crecer. Pensar en el ansia me trajo a Madonna, “Erotic”. Solito me metí en un pozo lleno de deseo del que es difícil salir, el que antes se llamaba Prince cantó “Cream”. Algunas veces es la antesala al amor pensé, y quizás por eso escuché a Emmanuel cantar “Luces de bohemia para Elisa”, “Bella señora”, “Toda la vida” y “Solo”, en ese orden.
Tuve una imagen, de esas que pasan a veces, me encontré a mi mismo, solo en una ruta perdida, nadie iba ni venía, mi coche surcaba el silencio exterior, un hombre solo en apariencia, bastaba entrar y en el asiento del conductor seguían retumbando los recuerdos y las canciones. La soledad y mi adolescencia son sinónimos. En los años del liceo estudié sin parar, tenía claro el camino, y sabía que era largo, por eso daba tiempo a que sonaran U2, The Cure, Depeche Mode, Simple Minds, REM, Simply Red,Talking Heads, INXS, Guns ´n Roses. Fue un camino largo y solitario. Durante horas hablé más con Michel Jackson que con cualquier amigo. Los abuelos de la nada, Patricio Rey, Sumo. Nirvana y el amor llegaron juntos y comencé a publicar cosas con Caetano Beloso, Gabriel o Pensador, Miguel Bosé.
Comenzó a llover. A lo lejos se dibujó un arco iris. Imaginé que la ruta fuera la espalda de una mujer, con sus curvas, en “Esta historia”, la novela de Baricco se cuenta como un hombre soñó con la pista de coches perfecta inspirado en una espalda. Sonreí de solo pensarlo, escribiría con los dedos una historia diferente sobre la piel adecuada. Las nubes se abrieron un poco y el sol logró colarse, The Verve tocó “Bitter swett shymphony”. Me sentí cansado y tuve que parar. Una estación perdida en un pueblo en medio de una península europea, y yo ahí, escuchando The Police, Paco de Lucía. Por un momento me sentí perdido, a pesar de Héroes del Silencio o Fito y Fitipaldis. Tenía que seguir, pensé en las diferencias del mundo mientras Drexler susurraba el tema de Titas “Disneylandia”(en una de la vueltas de Uruguay vinimos juntos en un avión), luego vino el argelino Kalheb…recordé que cuando uno anda mucho por el mundo peligra olvidar de donde vino y fue solo pensar eso un instante cuando comenzó a cantar Zitarrosa, Fernando Cabrera, y el Darno me estrujó el corazón. Las nubes me recordaban a mi país, el color plateado logra eso, hacerme soñar con el Río de la Plata, por eso cantaron mis amigos, Maxi y su Exilio Psíquico, Tabaré Cardozo y las murgas. Una vez Tabaré y yo estuvimos nominados a los premios Florencio Sánchez, él hizo las canciones de “Fantasmas bajo mi cama”, una obra de teatro que escribí hace mucho, en otra vida. Volví a mi infancia, Malpaso cantó “El Tony Park ha vuelto al pueblo”. Crecí admirando y siguiendo cada paso del Cuarteto de Nos, luego los conocí, las vueltas de la vida fui a su sala de ensayos, los llevé a tocar a la Facultad de Odontología, canté con ellos en La Barraca (a la salida Albin tuvo que empujar mi fusca del 69 porque la batería nunca funcionaba), la última vez los vi en Madrid, con Lito, un amigo de Uruguay que “casualmente” fue con el primero que fui a verlos en Montevideo hace 20 años.
Una curva enorme me hizo volver al presente, estaba por llegar, quedaban discos aún. Tu espalda llegaba a su fin. Soñaba con tus piernas a lo lejos.
Astor Piazzola me convenció: podía enredarme en ellas.
La música me acompañó, me hizo viajar, me recordó.
Puedo saber quien soy, aunque grite Marylyn Manson o truenen los Red Hot Chili Peppers.
Ya casi no había sol, estaba en el presente, escuchando Coldplay y Franz Ferdinand.
Una ruta es como una melodía, sirve para confundir al tiempo, hacernos viajar y saber hasta que punto tenemos ganas de regresar.