miércoles 28 de noviembre de 2007

Punto débil



Cientos de películas contaban escenas similares: el explorador dormido, la noche avanzada, el silencio de África…
De repente un animal salvaje partía la oscuridad con un rugido. Un movimiento, algo sale volando, una figura que trepa a lo alto de un árbol. Miles de bestias sangrientas dispuestas a desayunar hombre blanco.
Con los primeros rayos de luz salí al exterior. El ruido, el bufido, no era de un Ñu carnívoro, ni de un Mono endemoniado, lejos estaba de ser un gran León o un Tigre despiadado.
Fotografíe a “la bestia de los ruidos nocturnos” que me miraba con cara de “¿y este tipo tan pálido de donde salió?”…
-No me dejaste dormir en paz- le dije a la oveja.
Mi imaginación siempre fue un punto débil. En plena reunión o congreso, en la situación más insólita puede pasar, de algún lado del cerebro me explotan imágenes, sonidos, o situaciones que no ocurrieron ni ocurrirán.
Algo me dice: “y ahora va a pasar esto…” y sueño despierto con un suceso que nunca llega.
Un compañero del Consejo de la Facultad decía que era una mezcla de virtud y defecto. En mitad de un debate le susurraba: “¿te imaginás que el Profesor se pare en la mesa y diga, quiero ser la reina de la vendimia?”.

Cuando niño buscaba en las revistas un juego que me resultaba fascinante. Ese que consta de puntos numerados que uno va uniendo y forma un dibujo.
Como la pintura nunca fue mi fuerte me encantaba dar forma a una figura guiado por la sucesión de puntos…
Quizás nuestros puntos débiles son eso, un dibujo escondido.
Ojala mi exceso de imaginación, que logro a duras penas drenar en la escritura, fuera el único punto débil.
Superman la kriptonita, la momia donde se le acaban las vendas, el ajo para Drácula, las balas de plata para el hombre-lobo, el color amarillo para Linterna Verde, algunos puntos débiles son insólitos, casi ridículos.
El camino de nuestras debilidades es un mapa que debemos conocer, unir esos puntos puede ser entretenido, y el dibujo final es necesario tenerlo bien visto, si queremos alterar su forma.

sábado 17 de noviembre de 2007

El exilio del traidor







"…y ya no importa donde están, un día se fueron. Algunos, solo unos pocos- amigos del Mesías, enemigos del traidor- siguieron al fundador hasta nuevos lugares, más allá de lo geográfico, porque lo geográfico terminará. ¿Acaso no saben que siempre buscaremos nuevas tierras? Allí viviremos cuando el sol se apague. Desde esas estrellas nuevas deberemos aprender a amar los viejos muros, porque ellos son límites que hemos logrado pasar. Antiguas líneas que nacieron para ser atravesadas. Como los viejos ídolos que creamos para tener alguien a quien amar. Dejemos atrás los rastros de sangre, y caminemos hacia el mar."

Encontré este libro de Emmanuel S. Rey en una tienda de antigüedades del barrio Santa Cruz, en Sevilla.
"El exilio del traidor" no es una novela, no tiene nada que ver con la poesía. No es un texto histórico, ni un ensayo. No respeta la estructura de un cuento, relato corto, soneto, etc...
La historia es tan extraña que puede ser leída por la mitad, de atrás para adelante, o como sea, tiene una curiosa estructura.
Se puede abrir al azar y aparece un párrafo que nos cuenta algo lógico, profundo y con múltiples claves.
"El exilio del traidor" de Emmanuel S. Rey es un libro. Un objeto que logra en si mismo tener significado.
Cuando nos cruzamos con un símbolo tenemos que estar alerta porque algo puede cambiar. En este caso gracias a este libro pude terminar mi próxima novela.
Escribí "Cruzar la muralla" durante muchos meses, pero le faltaba un personaje escencial. Una historia que le diera una nueva dimensión a sus historias. Entonces apareció este libro, lleno de símbolos. Lleno de inmigrantes, como mi historia. Gracias a él pude terminarla.
Es la segunda vez que un símbolo me ayuda con mis escritos.
Hace muchos años estaba escribiendo "Demasiado hermosa", un relato basado en la vida de una Miss Uruguay (1954). Tenía un montón de eslabones sueltos. Quería presentar el cuento a un concurso sobre historias verídicas del Cerro en la década del 50. Una noche, junto con los editores de Abrelabios, conocí a un escultor argentino (Fontanarrosa, primo del gran humorista, un artista increíble aunque estaba en una etapa en que solo hacía peces de madera). Hablamos mucho y lo ayudamos a desmontar una exposición. Pasada la medianoche íbamos los dos llevando por cada extremo una gigantesca merluza de madera y le conté lo de mi historia inconclusa. "Están todos los viejos escritores del barrio contando historias de esa época, tenés todas las de perder", me había dicho un periodista que vivía al lado de mi casa.
"Yo tengo una foto de esa mujer", dijo de golpe.
Cuando uno conoce a un artista asi, tan ..artista... que mide el tiempo distinto a los demás y que a cada frase dice cosas como:
"Vos vivís como en una novela", "Mi arte me lleva toda la vida por eso trabajo sin apuro", "Todo se cura con las manos", "La música solo suena bien de noche", "Hay que salvar las fotografías", no le presta mucha atención, hasta que concreta:
"En serio. Yo vivía frente a una editorial de una revista muy famosa en Montevideo. Se incendió y yo me metí y salvé su archivo de fotos , lo tengo en casa. Cada tanto junto amigos y sacamos fotos al azar, o contamos historias o las inventamos".
Fuimos los de Abrelabios, él y yo a su casa. En lugar de muebles había cajas, y comenzó a volcarlas, era imposible encontrar nada, pero vimos imágenes increíbles, Montevideo antiguo, fotos del rodaje de clásicos del cine, artistas, políticos... y de golpe dijo "Acá esta...Ana, yo sabía que la tenía".
Era ella. Me regaló la foto. En cuanto vi su cara, miré sus ojos, supe como contar su vida. Llegué a casa y terminé la historia. Al otro día mi vecino me prestó una maquina de escribir muy vieja. Inventé la historia de un admirador secreto que iba relatando la vida de la joven.
Gané un premio pero eso no importa. Lo bueno fue que los organizadores del concurso quisieron que ella me diera el reconocimiento, porque habían creído que el relato del admirador era cierto, por lo que yo debería ser un anciano. No pudieron organizar el encuentro porque ella había fallecido hacía años. Se hubiesen llevado un chasco.Cuando supieron la verdad no podían creerlo. Hubieran asegurado que esa vieja maquina había contado una historia verídica.
Luego de publicado me llamó una de sus hijas.
Cuando atendí el teléfono de mi consultorio y me dijo quien era, iba a empezar a justificarme pero me interrumpió. "Quiero darte las gracias, llevo en la cartera su cuento fotocopiado".
"¿Cómo hiciste para escribir asi de alguien que no conociste?", me dijo mi vecino riendo.
"Si que la conocí", dije. "Ella me buscó y me mandó un símbolo, la imágen que me faltaba".

Así es "El exilio del traidor", un símbolo lleno de imagenes, las que me faltaban para terminar mi historia.
Busquemos las señales, estemos atentos. Están esperando que las tomemos en cuenta.

domingo 11 de noviembre de 2007

El Dentista turco



Brillan las luces de Estambul celebrando su República.
Veo esto gracias a Emre, una casualidad que tuve la suerte de encontrar o debería decir una causalidad que planeamos juntos para disfrutar de sus efectos especiales.
Volví del primer viaje a África muy afectado, y entre las cosas que se me rompieron por dentro, durante el viaje se me partió una muela.
Muchas veces me preguntaron si un dentista se podía atender a si mismo. Mi caso requería un colega.
Era un sábado de tarde, un teórico día libre, fui a mi consulta dental pensando como y donde conseguir un Odontólogo. Era una situación extraña. Para variar no había podido dormir, así que en la desesperación me anestesié a mi mismo (era como un drogadicto oral), mientras me inyectaba recordaba a Leonardo DaVinci que decía dormir en ciclos de 20 minutos. En cuanto comenzaron los efectos sonó el teléfono. Tratando de no morderme el labio me comunicaron que por la ONg que presidía nos habían elegido para ser visitados por un Becario. Habían llamado durante días y estaban haciendo un último intento, ese sábado en que milagrosamente estaba allí, justo al lado del teléfono.
Emre obtuvo una prestigiosa Beca Leonardo DaVinci, con ella viviría un par de meses en España, aprendería castellano, visitaría servicios odontológicos, pasearía y además se ofreció enseguida para arreglar mi molar, compañero de tantas batallas contra los asados más escurridizos.
Tuve una nueva lección, había olvidado lo que era ser paciente. No poder hablar (aunque con mi dentista solo fuera en inglés), las molestias, la saliva, la boca seca, las agujas, la sangre, el dolor posterior, los ruidos…
Recordé un nuevo escalón que me dio nuevas claves para usar con cada uno de mis pacientes. Además de la prevención, los tratamientos integrales y el cariño.
Todos tenemos claves. Emre es un gran Dentista, cuenta cosas fabulosas de su país, la única capital que tiene un pie en Europa y otro en Asia, me dijo que Estambul era como yo, tenía una parte en cada continente.
“Manos de ángel”, te dice un paciente cuando quiere halagarte. Eso le dije a mi amigo.
Soy mejor dentista desde ese día. Por casualidad pude recordar. Tengo mi muela nueva y mi amigo nuevo.
Lo invité a comer milanesas, le gustaron (aunque les ponía a cada una quince kilos de pimienta), me llamó la atención el cariño con que contaba cosas de su familia, de su religión y luego de nuestra profesión.
Si no hubiera estado ese día al lado del teléfono nunca hubiera aprendido lo bien que saben las milanesas con pimienta, pero sobre todo jamás podría tener ese eslabón que hay brilla tanto, en cada minuto de los muchos que estoy dentro de una clínica: la comprensión.
Entender y hacerse entender. No solo comunicar, sino ser y estar del otro lado del espejo.
Turquía tiene en sus espaldas muchas historias de incomprensión, del Imperio Otomano hasta hoy. Cuando con mi amigo dentista hablamos de religión me decía lo bien que se sentía, siendo musulmán, prestando servicio a otras religiones.
Turquía, con un pasado manchado de sangre por incomprensión, me presentó a un colega con el desafío de ponerme del otro lado del espejo, o debería decir de la aguja.
La comprensión, un eslabón clave que nos remolca a ser mejores no solo como profesionales, sino como amigos, como padres, como hijos. Ponerse en lugar del otro.
No importa el idioma que hablemos. La comprensión nos aleja del dolor y combate el miedo. Si entendemos no tememos, ni ofendemos.
La comprensión nos enseña a esperar.

lunes 5 de noviembre de 2007

Los Niños Antena



Nadie lo va a entender.
Pensaran que es literatura infantil.
Dirán que es un cuento de ciencia ficción.
Opinarán que es una fantasía entretenida.
Quizás por eso, es de las pocas historias que comencé hace años y no puedo terminar.
Dicen que cuando Edgar Allan Poe le entregó”Eureka”a un editor temblaba de nervios porque decía tener, en ese texto, la explicación del Universo, su origen y su funcionamiento.
Solo él creyó eso. Como tesis todos la veían muy poética, como poema les pareció muy científico.
Sin ánimo de comparación, puede pasar lo mismo. Siempre creemos que nos miran y pocas veces nos observan.
Mi historia no es un cuento. Es un descubrimiento. Solo pocos lo saben. Quienes hayan estado entre niños, muchos, puede que en una ocasión descubran alguno de ellos.
Quizás todos tienen, debería decir teníamos, ese poder. Además de la capacidad de aprendizaje, de la imaginación infinita, de la inocencia, de la simpleza para la alegría, y todas esas cualidades que el “crecimiento” se encarga de opacar, ellos forman un muro de energía. Lo sabes si te rodean. Atraen las más increíbles fuerzas.
Si estás perdido en medio del Sahara, podes encontrar un grupo en unas casas entre la arena. Te rodearán y podrás ver lo que antes no veías. Tienen una fuerza que quita la sed.
Algunos te dicen la frase que estas buscando. O te formulan la pregunta que no queremos contestar porque es la necesaria para el cambio que tanto miedo da. Otros solo repiten lo que alguien desde muy lejos les sopla.
Te clavan los ojos y te preguntan “quien eres”, y no renuncian jamás a una respuesta. Nunca se van con las manos vacías.
Ellos son nuestra conexión, hemos intentado negarlo porque no recordamos. No recordamos lo que soñábamos.
Intentaré terminar mi historia. Será una más, nadie la va a entender. No somos concientes que dependemos de ellos para seguir adelante.

jueves 1 de noviembre de 2007

El hombre dibujado

Ilustración- JESÚS ÁNGEL MARTÍN


Siempre viví entre historietas.
No solo por las cientos de revistas de Superman que consumí. Más allá de la Mafalda, las Condorito, las Patoruzú. Dejando de lado las Conan, Ironman, Hulk, Thor…
Incluso sin contar las Tony y las Fierro…
Obviando que hasta el día de hoy leo V de Vendetta, Los Vigilantes, o las de la Liga de la Justicia a la misma vez que Inodoro Pereyra, 300 o Sin City…
Siempre viví entre historietas.
Una vez le hice guiones a un amigo para un superhéroe uruguayo genial que él había inventado, se llamaba Porongoman, su ayudante era Termos y tenían una mascota llamada Zum…por ahí andarán, nunca salvaban a nadie porque llegaban tarde o se quedaban mirando a Peñarol…
“El fin del mundo con ella”, el primer cuento con el que gané un concurso literario, era en realidad un guión de comic.
“Fin”, alguien me lo pidió y lo dibujó, solo vi algunas viñetas.
En La Coruña, la ciudad de mi padres, descubrí a Alberto Breccia, un uruguayo maestro del comic, hizo obras increíbles como "El corazón delator".
En un pueblo de Madrid había una feria de caricaturas, decenas de dibujantes estaban en la calle, mi hijo eligió a uno para que lo pintara. Así conocí a Jesús Ángel Martín, no hizo una caricatura, le hizo un retrato perfecto, vestido con el traje de Batman. Nos hicimos amigos, me pidió material para dibujar. Cada tanto me manda escenas de mis cuentos en derroches de talento. Algún día publicaremos todo…
Siempre viví entre historietas.
Lo llamo Síndrome del Superhéroe, esa sensación de poder cambiar el mundo, de ayudar a todos los que se te cruzan, de que cada día descubrimos un nuevo poder.
El mal nunca desaparece, los villanos siempre vuelven.
A veces vamos perdiendo y se acaban las páginas…
Pero en un rincón… como un susurro, una palabra cómplice nos da esperanza...

Cuando al parecer nos derrotaron se puede leer
continuará