Cruzando una avenida en La Coruña encontré una exposición de historietas.Allí, uno de los principales autores a los que se homenajeaba era Breccia, un maestro uruguayo. Él había colaborado entre otros con Oesterheld, el guionista de “El Eternauta”.
Quedé en encontrarme con Frederic en una calle de Sevilla. Casi al llegar encontré una nueva librería especializada en historietas. No dudé ni un instante en comprarme la novedad de la semana, una edición especial (50 aniversario) de “El Eternauta”.
Mi amigo vende periódicos en lo semáforos. Siempre que lo veo hacer su trabajo me acuerdo de uno de los síntomas principales de la pobreza en Montevideo. Cada semáforo era un supermercado de gente sin empleo intentando ganar unos pesos vendiendo, haciendo malabares o directamente mendigando. Impresionaba ver los coches, con su mundo interior de calefacción y radios fm, y el exterior, al otro lado del cristal, el frío, el cansancio, la necesidad.
El primer mundo tiene un tercer mundo, el tercero un primero. Hay varios mundos, más de una dimensión.
“El eternauta” recorre el tiempo, es una historia que celebra el héroe colectivo, sobrevivir en la calle depende de caminar aislado, el grupo es lo que importa. Los héroes son náufragos en un Buenos Aires desolador.
Los héroes son hombres comunes.
Eso le expliqué a mi amigo, un héroe callejero, un superviviente, un naufrago que llegó jugándose la vida en un cayuco, un hombre que solo piensa en salvar a su familia, a sus amigos, a su grupo. Un Eternauta negro.
Nos conocimos trabajando en grupos que solucionan problemas de gente en situación de calle, pobreza, drogas, y los malditos papeles. Cuando lo voy a buscar sabe que se me acaba de ocurrir una idea, una misión.
Frederic hace años fue un “niño del Corán”, su familia se lo dejó a una especie de cura para que lo criara. La crianza consistía en darle una lata y mandarlo a mendigar a las calles.
Hace años el Cerro de Montevideo dejaba de ser un barrio de inmigrantes trabajadores para ser un barrio de pobres desempleados. Mis amigos y yo nos criamos en la calle, era nuestro salón de juegos. Ya en el liceo, se reflejaba más claramente la ley callejera. A veces había que pelear, había que saber callar, y si querías estudiar tenías que estar dispuesto a demostrarlo y defender tu postura.
La calle puede matar, y puede educar. Las lecciones, en ella, enseñan códigos del bien y del mal.
-Otra misión para “Relámpago Negro”- dice Frederic. Contento de conocer la historia de ese héroe con peinado afro que le presenté hace años.
-Las calles de mi barrio tienen nombre de países y ciudades de todo el mundo.- recordé en ese instante.
-¿Alguna se llama Malí?
-No, ninguna de África- pensé con vergüenza.
-Andar por allí debe ser como recorrer el mundo. Bueno vamos, tenemos misión…
Pasan coches, la ciudad se mueve a nuestro alrededor, algunos venimos de la calle. En ella encontramos y perdimos casi todo lo que hoy tenemos por equipaje. Un gran profesor me dijo una vez que la Universidad debería estar allí. Recordé entonces que una vez en Montevideo tenía que dar una clase y me llevé al grupo afuera, los hice sentar en el pasto de un estacionamiento cercano y dije: No tomen apuntes, porque lo que se aprende aquí se recuerda siempre.
