sábado 8 de diciembre de 2007

Héroes de la calle

Cruzando una avenida en La Coruña encontré una exposición de historietas.
Allí, uno de los principales autores a los que se homenajeaba era Breccia, un maestro uruguayo. Él había colaborado entre otros con Oesterheld, el guionista de “El Eternauta”.
Quedé en encontrarme con Frederic en una calle de Sevilla. Casi al llegar encontré una nueva librería especializada en historietas. No dudé ni un instante en comprarme la novedad de la semana, una edición especial (50 aniversario) de “El Eternauta”.
Mi amigo vende periódicos en lo semáforos. Siempre que lo veo hacer su trabajo me acuerdo de uno de los síntomas principales de la pobreza en Montevideo. Cada semáforo era un supermercado de gente sin empleo intentando ganar unos pesos vendiendo, haciendo malabares o directamente mendigando. Impresionaba ver los coches, con su mundo interior de calefacción y radios fm, y el exterior, al otro lado del cristal, el frío, el cansancio, la necesidad.
El primer mundo tiene un tercer mundo, el tercero un primero. Hay varios mundos, más de una dimensión.
“El eternauta” recorre el tiempo, es una historia que celebra el héroe colectivo, sobrevivir en la calle depende de caminar aislado, el grupo es lo que importa. Los héroes son náufragos en un Buenos Aires desolador.
Los héroes son hombres comunes.
Eso le expliqué a mi amigo, un héroe callejero, un superviviente, un naufrago que llegó jugándose la vida en un cayuco, un hombre que solo piensa en salvar a su familia, a sus amigos, a su grupo. Un Eternauta negro.
Nos conocimos trabajando en grupos que solucionan problemas de gente en situación de calle, pobreza, drogas, y los malditos papeles. Cuando lo voy a buscar sabe que se me acaba de ocurrir una idea, una misión.
Frederic hace años fue un “niño del Corán”, su familia se lo dejó a una especie de cura para que lo criara. La crianza consistía en darle una lata y mandarlo a mendigar a las calles.
Hace años el Cerro de Montevideo dejaba de ser un barrio de inmigrantes trabajadores para ser un barrio de pobres desempleados. Mis amigos y yo nos criamos en la calle, era nuestro salón de juegos. Ya en el liceo, se reflejaba más claramente la ley callejera. A veces había que pelear, había que saber callar, y si querías estudiar tenías que estar dispuesto a demostrarlo y defender tu postura.
La calle puede matar, y puede educar. Las lecciones, en ella, enseñan códigos del bien y del mal.
-Otra misión para “Relámpago Negro”- dice Frederic. Contento de conocer la historia de ese héroe con peinado afro que le presenté hace años.
-Las calles de mi barrio tienen nombre de países y ciudades de todo el mundo.- recordé en ese instante.
-¿Alguna se llama Malí?
-No, ninguna de África- pensé con vergüenza.
-Andar por allí debe ser como recorrer el mundo. Bueno vamos, tenemos misión…
Pasan coches, la ciudad se mueve a nuestro alrededor, algunos venimos de la calle. En ella encontramos y perdimos casi todo lo que hoy tenemos por equipaje. Un gran profesor me dijo una vez que la Universidad debería estar allí. Recordé entonces que una vez en Montevideo tenía que dar una clase y me llevé al grupo afuera, los hice sentar en el pasto de un estacionamiento cercano y dije: No tomen apuntes, porque lo que se aprende aquí se recuerda siempre.

lunes 3 de diciembre de 2007

El nombre del padre


Hoy una paciente me trajo una foto para ver su sonrisa de joven. La señora hoy es una anciana muy enferma, y la imagen en blanco y negro mostraba una mujer igual a Ingrid Bergman.
Traté de disimular pero cuando un anciano es tan lúcido ve más allá de sus problemas en los ojos.
- Sabes que ya no me veo en el espejo, y cuando me veo no me reconozco.
Ni siquiera me animé a decirle que estaba igual, que estaba muy bien para su edad o cualquier cosa.
- A veces todavía me parece ser la niña de mi padre.
Este reciente choque con la realidad y tiempo me hizo pensar en lo distraídos que estamos a veces mientras la vida nos pasa por encima.
El bucle del tiempo hace que en pocos momentos estemos en un sitio distinto, siendo padres en vez de hijos, eligiendo nombres para otros.
El otro día mi padre tuvo un gesto que espero algún día tener la grandeza de copiar. Me pidió un consejo. Sentí que reconocía muchas cosas, que reflejaba otros aspectos, más allá del orgullo y la confianza.
Mientras lo hacía me imaginé cuando me fue a inscribir en el registro civil con el pedido expreso de mi madre de ponerme el mismo nombre que su padre (mi abuelo). Imaginé el momento de pequeña rebeldía: además de “Joaquín” decidió meter su propio nombre como segundo, aunque no combinara con nada, sonara a telenovela venezolana, y quedara demasiado largo.
Cuando niño mi nombre era muy extraño. En el liceo cuando había que pararse y decir el nombre yo sufría en silencio cuando decía “Joaquín Doldán, si con D". Roldán es francés y el mío es irlandés (viene de D´Holdan). Entre el accidente común con mi apellido y mi nombre anticuado escuchaba o creía escuchar risitas y breves burlas. No trajeron secuela alguna salvo que me propuse ponerle a mi hijo un nombre moderno.
Pero cuando vinimos a España, tuvo y tiene que sufrir que lo miren con total desconcierto, el nombre quechua que significa indomable y que tan moderno me pareció, acá tiene un exotismo que el mismo niño lleva con gran calma cada vez que se presenta: “Lautaro pero todos me dicen Lau”.
“¿Cuándo es mi santo?”, preguntó un día.
-Nunca, tu nombre es indígena. Pero si querés elegite uno y le decimos a todos que es ese día, total a los otros santos también se los asignaron así, a ojo...
- Vale, me gusta el día del que mata al dragón.
Así, el 23 de abril, además de San Jorge festejamos San Lautaro, que de Santo tiene lo justo.
Lo mejor de nuestros nombres tiene que ver con el gusto de nuestros padres. De lograr que con el tiempo se asocie con algo bueno, que nuestro nombre sea una buena noticia.
Los años pasan, por suerte. Pero además de envejecernos nos permiten ver a la vida desde varias perspectivas, con un mensaje claro: no te distraigas, mira las señales, en ellas, como en nuestros nombres, está la luz del camino.

Joaquín Alfredo Doldán