lunes 15 de diciembre de 2008

La frontera del puente curvo


Bajo el Puente Pantanoso
cruza un líquido
contaminado
que en una época fue el Arroyo Pantanoso.
Cuentan los viejos que era un puente giratorio que permitía el pasaje de barcos hacia las fábricas cuyos esqueletos vemos a la distancia.
Desde hace años es un puente curvo con un olor desagradable y característico.
Flotan en él múltiples historias: una mujer que se intentó suicidar saltando de él y quedó clavada de cabeza moviendo las patitas en el medio metro de “agua”, llena de fango y de rabia por tener que seguir viviendo de este lado; el fantasma de un pescador que desde hace décadas trata de sacar roncaderas del supuesto arroyo; que en el lecho del río descansa algún tipo de monstruo marino; o que los vapores no son tóxicos sino erotizantes.
Si uno mira hacia atrás, al salir, ve a la derecha, el “islote del bizcochero”, y allá despidiéndose, el Cerro y la fortaleza.
Partía todas las mañanas deseando volver, salgo así todavía, con ese mismo deseo. En ese puente se formaban las trincheras de obreros que ni la represión pudo romper. Todavía sus paredes guardan los golpes de aquella lucha.
Muchas veces lo crucé, en ómnibus o a pie, en taxi, moto, coche, bicicleta, y hasta a caballo. Siempre se repitió la sensación de estar pasando una frontera, a mis espaldas estaba mi niñez, mi juventud y allí adelante venía el mundo, implacable y lleno de calles. Luego, al volver y mirar el faro girando, no podía evitar la emoción de sentirme en casa.
Ese viaje diario, se hizo semanal, luego mensual, y ahora es más o menos anual, pero salgo y regreso con la misma sensación de pérdida y ganancia, de alivio y pena, de pasado y futuro.