martes 26 de agosto de 2008

Pequeño respiro a las siete de la mañana


La madrugada es la única zona del día en que África sopló fresco en mi cara.
Estoy solo y la niña aparece de la nada, riega su árbol, me mira, luego pide que le muestre la imagen, sonríe, se sienta a mi lado a mirarme escribir, no hablamos el mismo idioma, o quizás si.
El calor se calma, es cierto, pero a los cinco minutos se asoma en forma de rayo de sol.
Solo en ese instante sentí un poco de paz.

En la luna


Me gusta la luna.
Me gusta que no brille por si misma, que dependa de la estrella. Que se limite a iluminar un sector, que diferencie tan bien las sombras. Que tenga una cara oculta, misteriosa.
Dicen que eso es malo, dicen que transforma a los hombres en lobo, y que empuja a las mareas. Pero a mi me gusta la luna.
Sabe guardar las huellas. No tiene aire, y a pesar de ser un satélite gris y sin vida, colapsa las noches con su presencia. Es tan pequeña y tan cercana que le dio sentido a las noches.
Por eso siempre estoy en la luna, porque me gusta la luna, me encanta la luna.
Me iría de luna de miel con la luna.

Maldita memoria


El problema es que recuerda todo.
No puede olvidar, ni siquiera puede hacer de cuenta que olvida. La gente tampoco ayuda con el tema. Ve pasar los recuerdos de los otros con desesperación. Nota como son olvidados los detalles trascendentes, es testigo de la transformación de las imágenes pasadas a gusto y conveniencia de la mala memoria de quien las invoca.
A veces recuerda los matices, los “si” con gusto a “no”, y mira con desesperación como son pasados a un segundo plano, despreciados de su inicial relevancia.
Pero él lo recuerda todo, y sabe que la firmeza y la duda tienen una distancia sincera.
Perdonar se convertía entonces en un acto desgarrador, no era solo obviar el dolor de un suceso, tenía que dejar de lado cada instante, los olores, gestos, y cada una de las sensaciones.
Entonces para vivir se buscaba recuerdos de la niñez, cuando se sentía feliz, seguro, y sin memoria.
Dibujo Jesús Ángel Martín