Les tomo fotografías a los árboles que me caen bien.
Por diferentes sitios fui encontrándolos y pidiéndoles una sonrisa.
Es curiosa la relación que uno puede llegar a tener con un árbol. Yo tengo cinco romances vegetales:
Un árbol de tilo (no se si es el término correcto pero yo le decía “tilero”) que mi padre trajo al jardín de la casa y se transformó en un frondoso amigo que veía desde la ventana de mi primer consultorio, recuerdo que si llovía debajo de él no te mojabas.
El pino de mi amigo Gonzalo, nos subíamos a hablar en sus ramas.
Un baobab que había cerca de la casa de Papa Samb en Louga, tenía forma de persona.
Ahora veo un árbol de morera que hay en una casa abandonada al lado de la mía y toca la ventana de mi dormitorio, vivo en un segundo piso, me gusta porque lo veo desde arriba, desde las hojas altas, y apenas distingo el tronco, como si fuese un gusano de seda.
Por diferentes sitios fui encontrándolos y pidiéndoles una sonrisa.
Es curiosa la relación que uno puede llegar a tener con un árbol. Yo tengo cinco romances vegetales:
Un árbol de tilo (no se si es el término correcto pero yo le decía “tilero”) que mi padre trajo al jardín de la casa y se transformó en un frondoso amigo que veía desde la ventana de mi primer consultorio, recuerdo que si llovía debajo de él no te mojabas.
El pino de mi amigo Gonzalo, nos subíamos a hablar en sus ramas.
Un baobab que había cerca de la casa de Papa Samb en Louga, tenía forma de persona.
Ahora veo un árbol de morera que hay en una casa abandonada al lado de la mía y toca la ventana de mi dormitorio, vivo en un segundo piso, me gusta porque lo veo desde arriba, desde las hojas altas, y apenas distingo el tronco, como si fuese un gusano de seda.
Falta uno, es de ficción. “Mi planta de naranja-lima” de José Mauro de Vasconcellos. El árbol más importante de mi niñez.
