miércoles 4 de marzo de 2009

Risas de las ruinas


"El comediante ha muerto"
De Watchmen Alan Moore


Podría dividir el tiempo en tres.
Uno, en que todo me hacía gracia. Todo.
Me reía de la publicidad, veía y disfrutaba todos los programas cómicos de televisión (casi todos me lo parecían), la gente en la calle, mis amigos, las bromas por teléfono, los chistes…ah…me encantaban los chistes.
Tiempo dos: nada me hacía gracia. Ningún cómico, ninguna película de humor. Nada. Coincidía con estar trabajando en un libreto donde se debía hacer reír durante una hora. Mezclaba chistes, situaciones absurdas, parodias. Pero todo lo que en otro momento me hubiese hecho llorar de la risa, lo miraba con indiferencia.
No tenía efecto "Decalegrón", "Telecataplum", "Martes y 13", ningún imitador, ningún monologuista. Llegué a odiar el "stand up comedy". A odiarlo.
Luego llegó un tiempo, el tercero, en que me hacían mucha gracia, muchas cosas, pero solo a mi. Me descubría riendo sin parar en partes de una película en que el silencio dominaba el cine, tenía que parar de leer partes de suspenso de una novela, reía a carcajadas en los cuentos de miedo.
Entonces me volvieron a contratar para escribir una obra de teatro de humor, "una gran comedia, divertida, que busque la risa del público", me dijo el Director y me adelantó un cheque. Me lo pidió para mañana.
Cuando niño me encantaban Espalter, D´Angelo y Almada. Me fascinaba Raimundo Soto haciendo lo de "Ruperto 77". Leía Rico Tipo.
Disfrutaba el carnaval sobre todo los humoristas y parodistas. Biondi, Olmedo, Les Luthiers, Berugo Carámbula, Francisco Nápoli, Benny Hill. Una vez me pidieron un cuento de humor, lo escribí en el ómnibus camino a la ventanilla donde cobré el dinero ganado con más placer de mi vida.
¿En que momento logré que ya nada me diera gracia? Y peor aún, ¿en que momento comencé a tener un humor tan retorcido?
Cuando Ricardo Espalter hacía de Toto Paniagua siempre se iba de su clase de buenos modales diciéndole a Almada (que hacia de su profesor): "Mañana si quiero vengo y si no, no vengo". Eso le dije al Director cuando me llamó y me pidió la obra para mañana: "Por favor para mañana sin falta".
El tiempo apremiaba y decidí darme por vencido. No escribiría una obra de humor. Recordar sirve para eso, haría una reseña autobiográfica, una obra dramática sobre algunos de los episodios más tristes y oscuros de mi vida. Relaté mis agobios en la escuela, mi marginalidad en el liceo, mi soledad en el barrio; mis miserias, que siempre creí, tampoco son tantas ni tan miserables.
Un mes después estaba sentado en una platea, la sala estaba llena, el estreno era inminente. Sobaba con nerviosismo el programa, varios actores, un buen director, mi nombre en chiquito abajo del título: "El mañana no da gracia", parece el título de un documental de Al Gore.
Cuando a la mitad de la obra solo escuchaba carcajadas, tuve que pedir permiso para ir al baño. Desde el pasillo se escuchaban las risas. Uno de los tipos del teatro me vio y dijo: "Un exitazo, eh?".
El público salió con una sonrisa dibujada en el rostro, alegres, supongo de no haber tenido una vida como la que acaban de ver representada.
"Es buenísimo el personaje de la novia que lo deja una vez por semana", murmuró una chica a su novio tomándolo fuerte de la mano, insinuaba, creo yo, que jamás ella le haría eso.
Me fui pensando que ver tropezar a otro también nos da risa, vaya uno a saber por que…