lunes 2 de marzo de 2009

Viciolandia


Al sur de Portugal, subiendo por la costa del Guadiana, más allá de Castro Marim hay un pueblo en que sus habitantes pueden dar rienda suelta a sus vicios. No es una Sin City, ni tampoco Sodoma y Gomorra, la ciudad del vicio es mucho más simple. En ella no hay enfermos, solo es un lugar donde se han ido a vivir sin ser cuestionados, los que disfrutan de un whisky en soledad al volver del trabajo, los que fuman luego de hacer el amor, los que comen palomitas en el cine, los que navegan por horas en Internet, los que miran varias series de televisión, los que leen novelas sin parar. Llegué una tarde pensando a cual de mis vicios dejaría salir. No era tarea fácil: por el atletismo durante la adolescencia nunca fumé, salvo en un asado el olor a humo me da tos, no soporto el alcohol, detecto con asco una gota en una tarta, jugar me aburre, y las drogas de cualquier tipo me producen un rechazo psico-ideológico profundo por los que no soporto ni verlas.
Escarbé en mi memoria. Tuve una época de niño que estaba enviciado con lo choclos, comía docenas de mazorcas de maíz. De adolescente y hasta hoy cada vez que camino por 18 de julio me compro un paquete de garrapiñada, pero para que le vicio funcione y no logre controlarlo tengo que estar en Montevideo.
También tuve el vicio de galletitas Lulú de chocolate. El más obvio de mis vicios es el mate, pero ir al baño cada dos minutos me ha servido para lograr medirlo y hacer que solo con el mate de mañana me sienta satisfecho.
Luego recorrí otros vicios de forma temporal, zanahorias crudas, jugar a "Flash" en la Gameboy, maníes salados, revistas Condorito, novias gordas, vacío a la parrilla, la soledad, hacer footing de noche sobre todo cuando llueve, escuchar las mismas canciones una y otra vez, sobre todo de grupos raros (una época me dio por "Shakespeare´s sisters", ahora por "KlausandKinsky").
Finalmente decidí dar rienda suelta a mi vicio más descontrolado, no paré de escribir. Retraté en forma de cuento, poema y ensayo a cada uno de sus habitantes, atrapé cada historia con los ojos y los transformé en letras durante días y noches. El periódico local publicaba mi columna y cada vez que era leída su protagonista dejaba el pueblo. Sabido es que nadie soporta verse en el papel de vicioso. Nada avergüenza más que observarse dejándose llevar sin control. Por eso decidí irme, antes de causar más daño. Pero ahora, cada pueblo que visito se parece a ese lugar, uno nunca se va de Viciolandia, o por lo menos yo, la llevo dentro de mí.

Escuchen:
http://www.myspace.com/russianready