miércoles 15 de abril de 2009

Antes del Sahara



Resulta que va un tipo muerto de sed, arrastrándose por kilómetros de arena. Ve otro a lo lejos y se acerca pidiendo “agua, por favor, agua”, pero el tipo dice “corbatas señor, vendo corbatas, ¿cuál le gusta?”. El tipo se aleja maldiciendo la locura del vendedor y sigue su camino. A los kilómetros viene otra persona y él corre “agua, por fin agua”. “Nada de eso señor pero le puedo ofrecer estas lindas corbatas”. El pobre sigue desolado hasta que por fin ve a lo lejos un oasis. Corre hacia allí esperando que no fuese un espejismo, pero era real, podía escuchar el agua murmurar. Cuando va a entrar lo detiene un enorme portero: “Lo siento señor no se permite entrar sin corbata”.
Este chiste viejísimo era uno de mis favoritos de la revista “Condorito”, y fue la primera imagen que me vino a la mente cuando me ofrecieron ir a trabajar al desierto del Sahara.
Salgo para allí con muchas dudas. Dos días antes vuelo de fiebre y me despierto convencido que no debería ir, tengo menos defensas que el C. A. Cerro cuando bajó a segunda b. Recuerdo un día en que unos amigos que acampaban en la playa me invitaron a pasar con ellos, uno me veía deambular con la mochila y se me acercó “mirá que no tenés otra que apoyarla en la arena...esto no es lo tuyo ¿no?”.
Quizás sea cierto, la arena no es lo mío, pero salgo hacia allí.
Un campamento de refugiados que vive hace treinta años desplazados de su tierra hacia dentro del desierto del Sahara. A Dahjla no llega la Odontología, que como tantas y tantas cosas, solo llega por los caminos del dinero.
Creo que lo único que hay seguro entre esa gente es nuestra crueldad, la injusticia que ocupó sus tierras y los desplazó de su lugar.
Salgo y recuerdo el sabio comentario de Pablo cuando le escribí que me iba al desierto.
“Llevá agua”, me dijo.
Dibujo Jesús Ángel Martin