"¿Qué frontera detendría a la arena y al viento?"
"Tuareg" Alberto Vázquez-Figueroa
Comenzó el "efecto África". El tiempo se frenó.
Y comienzan las ganas locas de estar en mi casa. Sufro los minutos que no pasan. La pantalla rota de mi cámara me obliga a sacar fotos a ciegas. Supongo el paisaje. La bombilla del mate se me tapó de forma irreversible. Mi resfrío empeoró. Solo faltaba el herpes labial que me sale en ocasiones así. El único medicamento que llevo es la crema para hacer que dure menos su molesta y recurrente visita. (Días después del hospital me derivaron un niño para hacer un diagnóstico de una lesión labial.
Le di mi pomada, sabía que mi herpes no había llegado por alguna causa).
Pero el tiempo pasó, y llegaron los atardeceres. En las dunas el sol se hacía naranja, el cielo se hacía arena, la arena se hacía nube. Nosotros éramos sombras dispersas, mirando el silencio, llenando la nada, acompañando la soledad.
Los Saharauis mataron un cordero para nosotros, lo comimos asado, como lo hacía mi viejo en fin de año.
Uno de ellos me cuenta su pasaje en las crueles condiciones vivió en cárceles marroquíes, y muchos siguen viviendo a pesar de las denuncias. Historias llenas de violencia y dolor. Más violencia y más dolor.
Se debería hacer de noche.
El sol no se va de todo, y cuando lo hace llega una luna color sol.
Se respira la calma que precede a la tormenta, sigue la parte dos del "efecto África". Este lugar ajeno y lejano termina siendo parte de tu vida.
