miércoles 29 de abril de 2009

Diario del Desierto 7



"Acá hay un hotel que se llama Oasis"
Kevin Johansen

Si tomo un solo té verde más me transformaré en Hulk.
Tengo sed y la solución también incluye a un monstruo verde. Tengo termo, yerba, mate, matera y bombilla.
Salgo rumbo a las "Dairas" dispuesto a destapar mi bombilla.
Recorro los barrios. Los niños se me acercan, no piden monedas (no hay en que usar monedas), todos me piden caramelos.
Entiéndanme. Después de todo soy dentista. "Los caramelos dañan los dientes", les contesto. Me quedan mirando. Les doy mis chicles sin azúcar, para lograr que dejen de mirarme así.
Generadores a gasolina, placas solares, en las horas de energía eléctrica funcionan algunas teles, en la del hospital dan "Anatomía de Grey", me cuentan que el año pasado una telenovela argelina paralizaba los campamentos, en el último capítulo la heroína moría y hay Saharauis indignados, juran no volver a ver una telenovela argelina, yo decía lo mismo con Superman y sin embargo acá estamos.
Zizaguemos entre las casas de adobe con un compañero, vemos un anciano sentado en la arena.
"Imagina las historias que nos puede llegar a contar", se entusiasma mi amigo:
-"Salamalecum"
-"Malecumsalam"
-Hace mucho que vive aquí…
-Desde el principio…
-¿y qué nos puede contar de la guerra?
-Que ya pasó.
(Pausa)
-Bueno…todo muy lindo pero nosotros nos vamos…hasta luego…
Al rato lo mirábamos de lejos.
-Creo que no tenía ganas de contar nada- dijimos al unísono.
Regresamos. No pude destapar mi bombilla. Nos sentamos de noche a mirar la luna.
Los regresos son más cortos en distancia y más grandes en ansiedad.
Los diarios son imposibles.
Decido dejarlo hasta que vuelva.
Decido dejarlo.
Hasta la vuelta

martes 28 de abril de 2009

Diario del Desierto 6


“Sahara night,
Sahara night”
FR David


Me sueno la nariz y me sale sangre. Dicen que es común por respirar arena, para eso también sirve el turbante.
La transpiración se seca y estás con sed todo el rato.
Mi bombilla se tapó el primer día y sigue negándose a ser chupada (perdonando la expresión).
Me despierto en mitad de la noche. Mi compañero de cuarto ronca. Me duermo nuevamente y también ronco, lo sé porque me despertó un rugido mío.
Dicen que no se puede sacar arena por el aeropuerto. Todo un problema porque mi hijo me pidió arena. El clásico cuñado gracioso dirá que con la que traiga en las fosas nasales es suficiente. Ya veré, es cierto que la que llevo en los championes podrá servir.
En Argelia me compré una Rosa del Desierto, como la canción de Sting.
Es curiosa, son minerales que se depositan en el fondo de pozos de agua y parecen flores, dicen que algunas tienen el tamaño de personas. La mía tiene tamaño de rosa.
No puedo dormir, lo hice demasiado durante el día.
Me gustaría ponerle nombre a un defecto:
Tengo todo un proyecto para resolver, tengo que resolver cosas importantes, laborales, personales, estoy en la mitad del Sahara viviendo la realidad de un pueblo castigado, y ahora no me puedo dormir porque me preocupa si conseguiré entradas para Depeche Mode, que tocan en julio en Sevilla.
Tengo un “problema” diminuto que me amarga más que las cosas importantes.
Si soy comprensivo con mi mente semi dormida, supongo que es una forma de evasión, si me centro en lo otro me amargo, si miro el problemita se que lo resolveré (y si no lo hago no pasa nada). En cambio no quiero pensar en que no pueda resolver lo importante.
Debe ser eso.
Odio los diarios.
Es imposible escribir algo con sentido de esta forma. Repito las cosas. Acabo de borrar todo un párrafo donde recontra cuento por vigésima vez lo duro que es vivir aquí.
Estoy por decidir dejar de escribir sobre esto, por lo menos hasta que esté en mi casa y tenga las entradas para Depeche Mode.
Para colmo veo las dunas y me parece estar mirando al Cerro de Montevideo.

lunes 27 de abril de 2009

Diario del Desierto 5



“El tiempo es arena en mis manos”
Gustavo Ceratti


Según el día, las niñas van a la escuela peinadas de una forma diferente, trencitas azules los lunes, coletas rojas los martes, todo así hasta el fin de semana que aquí es jueves y viernes.
Los niños son maravillosos. Siempre que estoy con ellos me pongo de su lado y lo notan. Voto por los niños. Sería muy útil que los adultos dejaran de traerles caramelos, le están haciendo caries de todos los tamaños. A muchos los podremos atender en Sevilla cuando vayan con sus familias de acogida a pasar el verano. A mi no me gustaba mucho toda esa historia, pero una madre me dijo: “Aquí en verano no se puede vivir”. Esos niños que solo conocen la vida en el campo de refugiados van a Europa y tienen una vacaciones top. Pensé que mi pregunta era una cruel torpeza adulta como (¿A quien querés más a tu papá o a tu mamá?).
-¿Qué les gusta más España o aquí?
-Nos gusta más aquí, con nuestros hermanos- contestaron por unanimidad.
Pienso en Uruguay.
Pienso en mis hermanos que no están en Uruguay.
Los adolescentes Saharauis están en una etapa más conflictiva, como todos los del mundo pero a pocos en el mundo les pasa que los arrinconen en un desierto. Huele a guerra, prefieren sentir que luchan a seguir esperando, dependiendo.
Los jóvenes son maravillosos. Siempre que estoy con ellos me pongo de su lado y lo notan. Voto por los jóvenes.
Se escapan y se encuentran a escondidas con su novias, se dan besos fugaces, se corren los velos, se tocan un pedacito de piel, se separar con quienes les hacen de coartada para que su “pecado” no sea castigado. Los veo escapar desde la sombrita inútil de una camioneta. Estoy terminando “Tuareg”, es una aventura tipo Rambo, uno tipo solo contra un ejército, está buenísma. Si, lo confieso, también me gustó Rambo. Llovía en Montevideo y para no mojarme entré al “cine San José”, una sala diminuta. Entre a ver “El acorralado” y aunque apenas se veía y casi no se escuchaba me enganchó tanto que fui a ver las otras porquerías esperando que volviera aquella primera sensación. Estoy en el desierto recordando un día de lluvia en Montevideo con Rambo. Creo que me estoy insolando y veo espejismos.

domingo 26 de abril de 2009

Diario del Desierto 4

“Canta, garganta con arena”
Cacho Castaña


Veo niños en las escuelas y adultos en los dispensarios de salud. En la sala de espera las mujeres van tapadísimas y pienso en esos archivos que te envían sobre los burkas y otros abusos de la religión. Desde que supe bien lo que está pasando este pueblo también sufro sus sombras, recuerdo a los palestinos, a los tibetanos. La gente es mala.
Sin embargo le pregunto a una de ellas si va así tapada por religión. Se ríe mientras se desenvuelve. Es por el sol. Le veo la cara untada en una crema, supongo que para bloquear más. Me dice en perfecto español: “Es Europa se broncean, nosotros nos blanqueamos”. En Senegal se engorda por estética, acá se evita la piel bronceada. El mundo está loco.Ellas no son pacientes, trabajan de enfermeras. Estudiaron en Cuba. El país que más lo ha ayudado a formar profesionales. Los Cubarahuis viven la extraña experiencia de pasar una larga época en el Caribe y luego volver al desierto. “No extrañas Cuba”, le pregunté a uno. “Yo extraño a mi familia”, contestó. La gente es buena.

jueves 23 de abril de 2009

Diario del Desierto 3


"¿Qué frontera detendría a la arena y al viento?"
"Tuareg" Alberto Vázquez-Figueroa


Comenzó el "efecto África". El tiempo se frenó.
Y comienzan las ganas locas de estar en mi casa. Sufro los minutos que no pasan. La pantalla rota de mi cámara me obliga a sacar fotos a ciegas. Supongo el paisaje. La bombilla del mate se me tapó de forma irreversible. Mi resfrío empeoró. Solo faltaba el herpes labial que me sale en ocasiones así. El único medicamento que llevo es la crema para hacer que dure menos su molesta y recurrente visita. (Días después del hospital me derivaron un niño para hacer un diagnóstico de una lesión labial.
Le di mi pomada, sabía que mi herpes no había llegado por alguna causa).
Pero el tiempo pasó, y llegaron los atardeceres. En las dunas el sol se hacía naranja, el cielo se hacía arena, la arena se hacía nube. Nosotros éramos sombras dispersas, mirando el silencio, llenando la nada, acompañando la soledad.
Los Saharauis mataron un cordero para nosotros, lo comimos asado, como lo hacía mi viejo en fin de año.
Uno de ellos me cuenta su pasaje en las crueles condiciones vivió en cárceles marroquíes, y muchos siguen viviendo a pesar de las denuncias. Historias llenas de violencia y dolor. Más violencia y más dolor.
Se debería hacer de noche.
El sol no se va de todo, y cuando lo hace llega una luna color sol.
Se respira la calma que precede a la tormenta, sigue la parte dos del "efecto África". Este lugar ajeno y lejano termina siendo parte de tu vida.

miércoles 22 de abril de 2009

Diario del Desierto 2


"Es un desierto de arena, pena"
Lola Flores


Un compañero le preguntaba a cada uno:" ¿Qué relación tenéis con los Tuareg?".
"Hay que leer Tuareg de Alberto Vázquez- Figueroa", insistía.
La gente del desierto conoce la arena, el viento, y conoce los límites como nadie. Por eso sienten que una de sus características como pueblo, su anterior nomadismo, que les hacía usar la naturaleza a su favor en uno de los lugares más inhóspitos de la tierra, fue arrancada por una agresiva tempestad, la codicia humana. Ni el sirocco, su viento pampero, el levante del desierto, puede llenar tanto de arena un destino como la ambición y la crueldad, nada mata más de sed que nosotros mismos.
Viven hace 30 años de forma provisional, esperando que la comunidad internacional haga lo que debe hacer, devolverles su tierra, su costa, el lugar en el que se habían instalado antes que nadie, el lugar al que iban a pasar el infernal verano incluso cuando eran nómades. Ahora, prefieren que a sus hijos los evacuen durante meses, mientras ellos buscan sombras para escapar del fuego. Y esperan mirando a un muro, a un campo minado, lejos del mar. En un oasis de piedras con algunas palmeras y pozos subterráneos de los que administran algo de agua, viviendo de la ayuda humanitaria, tratando de mantener en esas condiciones su espíritu de nación, su cultura, la unión de sus familias. "Esto es peor que la guerra", dijo uno de sus ministros. La violencia de la incertidumbre y la marginación.
Dormimos en un lugar preparado para las visitas, colchones en el suelo y un silencio profundo que me reconcilió con el sueño. Trataba de leer "La novela luminosa" de Mario Levrero, pero a las pocas líneas me ganaba el cansancio, la linterna con la que iluminaba las páginas se desviaba por mis cabezazos. En las tardes el sol implacable invitaba a una larga siesta. Había una pequeña biblioteca comunitaria, distintos visitantes dejaban algún libro. Dejé mi novela "Cruzar la muralla", y mirando los libros, uno me llamó. Esa noche no dormí, atrapado por la historia de "Tuareg".

lunes 20 de abril de 2009

Diario del Desierto 1


"No tires arena en los ojos,
no, no la tires"
Titanes en el Ring

Un avión. Una parada en Argelia. Un breve vuelo a Tindouf. Una carretera. Un camino asfaltado. Otro de tierra, y luego arena y piedras. Piedras y arena.
Arena y piedras en el horizonte. Piedras y arena en los zapatos.
Los dibujos animados nos mintieron que un oasis es una isla de palmeras con pequeñas cascadas, frutas y odaliscas.
El coche avanza dando tumbos, el conductor esquiva piedras, montículos, caminos de arena dura y un horizonte desolado.
El conductor dobla hacia lo que supongo es el este, y luego un poco hacia lo que debería ser el sur, conduce con un GPS ancestral, los Saharauis conocen el desierto, se ubican en él y saben hacia donde hay que ir, logra lo que yo no hago en una autovía llena de señales.
En un momento se detiene, gira, avanza y tras unas rocas aparece el árbol, con espinas en lugar de hojas y un pequeño pero imagino que poderoso pájaro en una rama. Frena y vamos bajo su sombra mientras prepara té.
Escucho la nada. De algún lado sopla el viento. Camino. Miro al grupo de lejos. Todo está quieto. Tomamos té: Tres. Dicen que el primero es amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave, como la muerte.

miércoles 15 de abril de 2009

Antes del Sahara



Resulta que va un tipo muerto de sed, arrastrándose por kilómetros de arena. Ve otro a lo lejos y se acerca pidiendo “agua, por favor, agua”, pero el tipo dice “corbatas señor, vendo corbatas, ¿cuál le gusta?”. El tipo se aleja maldiciendo la locura del vendedor y sigue su camino. A los kilómetros viene otra persona y él corre “agua, por fin agua”. “Nada de eso señor pero le puedo ofrecer estas lindas corbatas”. El pobre sigue desolado hasta que por fin ve a lo lejos un oasis. Corre hacia allí esperando que no fuese un espejismo, pero era real, podía escuchar el agua murmurar. Cuando va a entrar lo detiene un enorme portero: “Lo siento señor no se permite entrar sin corbata”.
Este chiste viejísimo era uno de mis favoritos de la revista “Condorito”, y fue la primera imagen que me vino a la mente cuando me ofrecieron ir a trabajar al desierto del Sahara.
Salgo para allí con muchas dudas. Dos días antes vuelo de fiebre y me despierto convencido que no debería ir, tengo menos defensas que el C. A. Cerro cuando bajó a segunda b. Recuerdo un día en que unos amigos que acampaban en la playa me invitaron a pasar con ellos, uno me veía deambular con la mochila y se me acercó “mirá que no tenés otra que apoyarla en la arena...esto no es lo tuyo ¿no?”.
Quizás sea cierto, la arena no es lo mío, pero salgo hacia allí.
Un campamento de refugiados que vive hace treinta años desplazados de su tierra hacia dentro del desierto del Sahara. A Dahjla no llega la Odontología, que como tantas y tantas cosas, solo llega por los caminos del dinero.
Creo que lo único que hay seguro entre esa gente es nuestra crueldad, la injusticia que ocupó sus tierras y los desplazó de su lugar.
Salgo y recuerdo el sabio comentario de Pablo cuando le escribí que me iba al desierto.
“Llevá agua”, me dijo.
Dibujo Jesús Ángel Martin